Thursday, August 19, 2010

Gracias a la muerte por el valor de la vida.

Recuerdo la primera vez que me di cuenta que cuenta que me gustaba mucho la vida, y digo la primera vez porque siento que nunca había estado completamente consciente de mi gusto por la vida, creo que sólo la vivía sin darme cuenta de muchas cosas que me rodeaban y que ahora me completan. Todo sucedió en un viaje que realicé de Zacatecas a mi casa a eso de las siete de la tarde, éramos sólo mi primo, su reproductor de mp3 y yo, entonces me di cuenta de algo, sentí que mis ojos se entrecerraban, que no podía ver nada, hasta que lentamente vi la puesta de sol: un montón de rayos entre rojo y naranja contrastando con el color café de las montañas, y como fondo el comienzo de la canción “Californication” de los Red Hot Chili Peppers; si es que en la vida existían los momentos perfectos, éste sin duda era el mío, no podía pensar en otra cosa más que en lo perfecto del momento, el cual duró un poco en tiempo real, pero en mi memoria a partir de ese momento se convirtió en eterno.
Aunque últimamente debido a que hemos estado viendo el tema de la muerte en la clase de filosofía, me preguntó ¿Qué será de mí cuando ya no esté? ¿Habrá otro lugar con atardeceres y montañas? ¿O simplemente me convertiré en mera materia inanimada o en una gota de petróleo dentro de miles de millones de años? Confieso que sí tengo miedo de no saber que hay después de ser Ileana, o si hay un después, no obstante me preocupa más qué voy a hacer para disfrutar mi vida de manera que el día en que me vaya no me queden remordimientos, quiero estar segura de que reí, lloré, grité, hablé de cosas serias y de tonterías en una cantidad suficiente como para que la última expresión facial en el rostro sea una gran sonrisa.

Concuerdo con que el saber que tenemos un límite de vida nos hace asimilar nuestra situación y hace que tratemos, aunque sea algunos, de aprovechar el tiempo, de valorar la vida. Sea cierto o no que se vive una sola vez, en caso de que exista un cielo o un infierno, simplemente por el hecho de que en este mundo ya no vamos a estar, mientras el cielo que nos vio nacer nos verá partir y sin fecha fija para la partida, tal vez reconsideremos empezar a valorar y a amar la vida a partir de momentos que nos muestren que hay mucho porqué vivir y porqué soñar.


En cuanto a mí, al caer la noche cenaré, veré las noticias con mi papá, hablaré con mi hermano, chatearé, y cuando ya esté con la cabeza en la almohada, empezaré a acordarme de los problemas de física que me resultan tediosos, del oral de francés que no presenté y de las bromas con mis amigos. Poco a poco, mis pensamientos irán cesando hasta escuchar los latidos de mi corazón e involuntariamente cerraré los ojos, tal vez mañana los abriré y me daré cuenta que la muerte me ha dado algo de tiempo, un poco más de vida.


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